Allá por los años ochenta el Cubo de Rubik atacó con fuerza todos los escaparates de todas las tiendas de juguetes en un despliegue de merchandising que en aquella época no se sabía ni lo que era, ni el merchandising ni el cubo de Rubik.

En mi colegio todos los niños (la primera persona del plural en español incluye también a las niñas) teníamos al menos uno y hacer la combinación final era imposible. Yo no conocí a ninguna persona que lo completase por sus propios medios.

Mi amigo Tomás nos pasó unas instrucciones para solucionarlo basada en cómo tenías el cubo y qué hacer para resolverlo, cara a cara, corona a corona, esquina a esquina y cara final.

Esas instrucciones me las aprendí de memoria hace más de veinte años.

Un cubo que hay por casa, para atender las necesidades de la infancia, me ha servido de piloto de pruebas para recordar desde mi oxidada memoria la solución. Increíble.

¡Puedo resolver el cubo de Rubik!

Ahora lo que debería hacer es entender qué hago y sobre todo cómo mejorarlo para alcanzar esos tiempazos que se baten en los congresos y de los que frecuentemente hablan en Microsiervos.

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